A continuación compartimos la charla que el filósofo peruano Victor J. Krebs dio en La Noche de la Filosofía 2026, titulada «La trampa de la simulación: arte, creatividad y sentido en la era de la IA».
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1. TRAMPA
Quizá el peligro de la inteligencia artificial no sea, como tantas veces se repite, que llegue un día a pensar demasiado. Quizá el peligro más inmediato y más profundo sea otro: que nosotros pensemos cada vez menos; o peor aún, que olvidemos lentamente en qué consiste verdaderamente pensar.
Cuando hoy hablamos de inteligencia artificial, sobre todo en relación con el arte, solemos comenzar demasiado tarde. Empezamos preguntándonos si las imágenes que produce son buenas o malas, si los textos están bien o mal escritos, si las composiciones musicales son interesantes, si eso merece llamarse arte o no. Son preguntas comprensibles, incluso inevitables. Pero en cierto modo llegan tarde. Porque el problema decisivo aparece antes de ellas. No tiene tanto que ver con qué es el arte, sino con qué imagen del ser humano estamos aceptando al fascinarnos con estas tecnologías y al proyectar sobre ellas lo que llamamos a partir de nuestra propia experiencia: inteligencia, creatividad, imaginación, pensamiento.
Mi preocupación principal no es la máquina en sí misma. Las máquinas son herramientas poderosas y, como toda técnica importante, pueden abrir posibilidades reales. Mi preocupación es más bien: qué podríamos estar perdiendo nosotros al reorganizar nuestra vida alrededor de lo que nos prometen. Qué capacidades comienzan a debilitarse cuando confundimos cálculo con pensamiento, velocidad con inteligencia, recombinación con creatividad, eficiencia con sabiduría.
La expresión “inteligencia artificial” ya contiene una primera trampa. Es una fórmula brillante, sugestiva, casi hipnótica. Sugiere que estamos ante una nueva forma de inteligencia, quizá ante una mente paralela, distinta de la nuestra pero comparable a ella. Sin embargo, vale la pena detenernos un momento en el lenguaje que estamos usando. Llamamos inteligencia a procesos que, por impresionantes que sean, consisten principalmente en cálculo estadístico, reconocimiento de patrones, predicción probabilística y reorganización de materiales existentes a una escala gigantesca.
Que una máquina pueda producir imágenes convincentes, imitar estilos, responder preguntas complejas o redactar textos razonablemente coherentes no significa que reproduzca el proceso mismo de pensar o de crear. Puede simular ciertos resultados de la inteligencia sin compartir aquello que la hace humana: la fragilidad, la relación con el tiempo, la memoria vivida, la incertidumbre, la vacilación, el deseo, el conflicto interior, la necesidad de encontrar sentido en medio de la confusión.
Pensar no consiste simplemente en computar opciones y seleccionar la más eficiente. Esa imagen del pensamiento como cálculo rápido entre alternativas disponibles es demasiado estrecha para hacerle justicia a lo que realmente ocurre cuando pensamos. Pensar implica muchas veces demorarse allí donde quisiéramos avanzar, vacilar cuando no hay criterios claros, equivocarse y descubrir en el error algo que no habíamos visto, volver atrás sobre pasos que creíamos firmes, fracasar y aprender del fracaso, soportar no saber sin precipitarnos hacia una falsa certeza. Pensar exige también cambiar de dirección cuando una vía prometedora se revela estéril, tolerar tensiones contradictorias sin cancelarlas demasiado pronto, sostener preguntas cuya respuesta madura lentamente y dejar que algo se mueva en nosotros antes de poder formularlo con claridad. Hay pensamientos que no nacen de una deducción lineal, sino de una larga sedimentación interior, de asociaciones imprevistas, de experiencias que tardan en volverse inteligibles. Pensar exige atravesar zonas de oscuridad sin garantías inmediatas. Exige una cierta paciencia con lo confuso, una disposición a permanecer un tiempo en lo incierto sin huir enseguida hacia lo familiar y conocido. Y crear quizá lo exige todavía más, porque allí no solo buscamos descubrir una respuesta, sino dar forma a algo que aún no existe y cuyo contorno apenas comenzamos a presentir o intuir.
Sin embargo, muchas veces suspendemos esta sospecha. Nos comportamos como si bastara con que una máquina produzca algo semejante al resultado humano para concluir que ahí ha ocurrido algo equivalente. Tal vez porque hacerlo nos ahorra una pregunta más difícil: ¿qué hacemos nosotros cuando pensamos? ¿Qué ocurre en nosotros cuando imaginamos, cuando juzgamos, cuando creamos, cuando encontramos una palabra justa después de una larga búsqueda interior?
Porque crear no es solo producir un objeto nuevo. No es únicamente obtener resultados originales o sorprendentes. Crear implica atravesar un trayecto en el que quien crea también se transforma. Una obra auténtica no solo deja huella en quienes la reciben. Suele dejar huella en quien la hizo posible. Hay en el acto creador una reorganización de la sensibilidad, una lucha con la materia, una elaboración de la experiencia, una modificación del modo de ver.
Por eso es importante distinguir entre resultado y proceso. Hoy podemos obtener una imagen impactante en segundos. Podemos pedir un poema en el estilo de tal autor, una melodía que mezcle géneros, un ensayo razonable sobre cualquier tema. Podemos producir variaciones infinitas sobre formas conocidas. Pero nada de eso requiere ni garantiza que haya ocurrido aquello que solemos asociar con la creación: la lenta formación de una necesidad interior que busca forma, la transformación subjetiva que acompaña al trabajo verdadero.
Crear exige con frecuencia error, resistencia y oscuridad. Exige momentos en los que todavía no sabemos qué estamos intentando decir. Exige soportar que algo no responda de inmediato a nuestra voluntad o nuestro deseo. Exige paciencia frente a materiales tercos, frente a palabras insuficientes, frente a intuiciones aun informes. Lo nuevo nace justamente ahí, no en la fluidez perfecta, sino en el roce con lo que se nos resiste.
La máquina, en cambio, trabaja necesariamente con materiales ya formados. Opera sobre inmensos archivos de lenguaje, imágenes, sonidos y patrones. Calcula qué suele venir después de qué, qué combina con qué, qué resulta verosímil según regularidades estadísticas. En ese sentido, en la inteligencia artificial siempre retorna, de algún modo, lo ya ocurrido, lo ya concebido.
Eso no quiere decir que no pueda sorprendernos. Puede hacerlo, y con frecuencia lo hace. Pero su sorpresa surge de combinaciones improbables dentro de un espacio previamente modelado. El ser humano, en cambio, posee fuentes de espontaneidad ligadas a zonas profundas de la sensibilidad, del cuerpo, de la memoria, del trauma, del deseo y del conflicto interior que son ajenas a lo maquínico. La creatividad humana no nace solo de datos previos; nace también de heridas, pérdidas, encuentros, vergüenzas, intuiciones oscuras, experiencias no metabolizadas que buscan hacerse imagen y concepto.
Lo que estoy llamando la trampa de la simulación no consiste solo en que las máquinas produzcan resultados convincentes sino en que nosotros empecemos a menospreciar el proceso humano precisamente por ser más lento, más incierto, más costoso, más difícil, más vulnerable. Nos seduce la facilidad. Nos atrae aquello que responde de inmediato, que organiza por nosotros, que redacta por nosotros, que imagina por nosotros, que anticipa nuestros deseos antes incluso de que los formulemos.
Poco a poco comenzamos a delegar tareas que no eran solo tareas, sino ejercicios que afinaban nuestras propias facultades. La imaginación se vuelve más pasiva cuando se acostumbra a escoger entre opciones ya dadas. La atención se debilita cuando todo compite por anticiparse a nuestros impulsos. El juicio se vuelve más laxo cuando confiamos en automatismos cuyo funcionamiento desconocemos. La paciencia se erosiona cuando todo parece disponible sin demora. La memoria cambia cuando ya no necesitamos recordar porque todo está siempre al alcance de una consulta inmediata. No perdemos estas capacidades de un momento a otro sino gradual e imperceptiblemente. Las vamos dejando de ejercitar hasta que eventualmente se atrofian.
Pero esta pérdida no es un fenómeno aislado, forma parte de una dificultad generalizada de nuestra época: nuestra creciente incapacidad para habitar límites, demoras, dependencias y procesos que no obedecen a nuestra voluntad inmediata. Queremos fricción cero, respuesta instantánea, acceso continuo, disponibilidad total.
Esto no afecta solo al arte. Afecta nuestra capacidad de soñar. Y no me refiero aquí únicamente al sueño nocturno sino a esa actividad constante mediante la cual la experiencia se transforma internamente, se digiere, se metaboliza hasta encontrar formas nuevas, inesperadas, a veces difíciles e incluso dolorosas, pero que nos conectan con la vitalidad de la existencia. Soñar, en este sentido, es elaborar la experiencia. Es permitir que algo madure sin saber todavía en qué se convertirá. Es tolerar zonas opacas hasta que encuentren claridad. Es metabolizar lo vivido para que se convierta en conciencia y no simplemente en repetición ciega.
Pero precisamente el tiempo, la pausa, la demora y la fricción necesarias para ello son cosas que nuestra cultura tecnológica tiende a desvalorizar. Nos educa para reaccionar más que para elaborar, para responder más que para transformar, para consumir estímulos más que para metabolizarlos. Sin embargo, ninguna simulación se cierra del todo sobre sí misma. Siempre queda un resto, una falla, una torsión. Y aquí me parece que aparece una posible salida de la trampa de la simulación.
2. GLITCH
Roland Barthes observó que toda fotografía, incluso cuando parece capturar la realidad y fijarla para siempre, lleva en sí una herida. Un detalle que escapa al control, que excede la intención del fotógrafo y nos conmueve sin que sepamos del todo por qué. A esa irrupción la llamó punctum.
La reducción maquínica nunca es perfecta porque la vida nunca cabe del todo en sus estrcuturas y parámetros. Lo que en Barthes era punctum, en la cultura digital aparecer como el glitch, que no es simplemente un error técnico sino aquel instante en el que la simulación tropieza ; el momento en que la imagen, el sonido o el texto exhiben la costura o el revés de la máquina. El segundo en que el sistema revela su artificio.
En el entorno en el que vivimos que tiende cada vez más a la fluidez total, a la corrección automática y a la desaparición de toda fricción el glitch reintroduce un obstáculo. Reaparece así aquello que la lógica algorítmica trata de suprimir: la pausa, la sorpresa, la resistencia de lo real.
El glitch nos obliga a detenernos, a mirar de nuevo. Desautomatiza la percepción. Ralentiza la atención. Nos arranca del consumo pasivo de imágenes y reabre el espacio del proceso y, con ello, el proceso de la experiencia.
Marshall McLuhan decía que los artistas son quienes llevan las antenas orientadas hacia el futuro. Timothy Morton sugiere algo todavía más radical: que el arte es una forma de pensamiento venido del porvenir, una sensibilidad que llega antes de que tengamos los conceptos para comprenderla.
Quizá eso sea lo que ciertos artistas del glitch nos ofrecen hoy en día. No simplemente obras construidas a partir de errores digitales, ni un gusto pasajero por la estética de la interrupción y la interferencia, sino verdaderos ejercicios de percepción para una época en la que la discontinuidad se ha vuelto atmósfera, medio de vida. Nos ayudan a ver allí donde estamos acostumbrándonos a solo reaccionar. Nos obligan a detenernos en aquello que normalmente corregiríamos o pasaríamos por alto. Nos entrenan, en suma, para habitar zonas de inestabilidad que ya no son excepcionales, sino constitutivas de nuestro tiempo.
Porque vivimos cada vez más entre temporalidades incompatibles. Por un lado, la velocidad instantánea de los mercados, de las redes, de la circulación incesante de datos e imágenes. Por otro, los ritmos lentos del cuerpo, del duelo, del aprendizaje, de la maduración afectiva, de los ecosistemas dañados que requieren décadas o siglos para regenerarse. Vivimos también entre escalas superpuestas: el gesto mínimo de un clic conectado con infraestructuras planetarias de energía, extracción y vigilancia; una decisión local enlazada con cadenas globales de consecuencias invisibles. Y vivimos entre lógicas que no terminan de reconciliarse: la lógica del interés frente a la del cuidado, la de la eficiencia frente a la de la atención, la de la aceleración frente a la de la reflexión.
Los artistas del glitch sostienen y permanecen en la grieta el tiempo suficiente para que algo nuevo pueda comenzar a formarse. Allí donde otros buscan restaurar de inmediato la continuidad perdida, ellos sostienen la fractura como espacio fértil. Nos enseñan que no toda ruptura es mero fracaso, o más bien que algunos fracasos son condiciones para una percepción más lúcida. A veces solo cuando la imagen falla vemos el sistema que la sostenía. Solo cuando algo deja de funcionar se vuelve visible aquello de lo que dependíamos sin saberlo. Solo cuando el flujo se interrumpe advertimos el régimen de velocidad en el que vivíamos sumergidos.
Y tal vez esta experiencia no se limite al mundo de las pantallas sino que describa también una condición mucho más generalizada de nuestra época: una civilización capaz de prodigios técnicos extraordinarios, pero cada vez más enfrentada a los límites materiales, ecológicos y psíquicos que ella misma ha intensificado y menos capaz de reconocerlos. Somos una cultura que ha multiplicado su poder de intervención sobre el mundo y, al mismo tiempo, ha debilitado su capacidad de metabolizar las consecuencias de ese poder.
Lo que algunos llaman Antropoceno nombra precisamente esa colisión. No solo una era geológica marcada por la huella humana sobre el planeta, sino una crisis de escala y de sensibilidad. La colisión entre crecimiento económico ilimitado y límites planetarios finitos. Entre hiperconectividad tecnológica y nuevas formas de aislamiento. Entre aceleración constante y una subjetividad que no logra madurar al mismo ritmo. Entre abundancia de información y pérdida de orientación. Entre capacidad de producir y dificultad creciente para conferir sentido.
En ese contexto, el glitch designa el momento en que las promesas de continuidad, progreso y control tropiezan con la fragilidad de los cuerpos, la opacidad del deseo, el agotamiento psíquico, la respuesta del clima, la resistencia de la materia, el retorno de lo reprimido. Todo aquello que no puede ser absorbido tan fácilmente. De ahí que estas prácticas artísticas puedan ser tan valiosas porque nos preparan psíquica y perceptivamente para vivir en un mundo donde la coherencia heredada se resquebraja, pero donde, por eso mismo, podrían abrirse nuevas formas de atención, de relación y de inteligencia.
Muchos artistas contemporáneos trabajan justamente ahí. Rosa Menkman, figura central del glitch art, hace visibles las fallas de los sistemas de imagen digital y convierte el colapso técnico en experiencia estética. En obras como The Collapse of PAL, señales que se descomponen, colores fuera de lugar y píxeles rotos dejan al descubierto los mecanismos ocultos de la imagen digital.
Solimán López desplaza el glitch hacia la escala planetaria. En Manifesto Terrícola, deposita una oreja humana codificada en ADN dentro del permafrost ártico. Pero cuando el hielo se derrite, también se desestabiliza el archivo. La promesa de memoria duradera se vuelve filtración, deriva y desaparición. Ya no se trata de una falla digital, sino de una grieta en la memoria de la Tierra.
Ursula Biemann trabaja en lo que podríamos llamar el glitch ecológico: el punto donde extracción energética, injusticia climática e historias distantes colisionan en un mismo campo planetario. En Deep Weather, por ejemplo, vincula la devastación de las arenas bituminosas canadienses con las inundaciones en Bangladesh, haciendo visible cómo la violencia extractiva reaparece como catástrofe en otros territorios aparentemente lejanos.
John Akomfrah, en grandes instalaciones audiovisuales como Purple, compone paisajes donde tiempos históricos, crisis ecológicas y memorias coloniales se superponen sin resolverse. Sus imágenes nos enseñan a percibir un mundo donde múltiples escalas y heridas conviven en el mismo marco.
Patricia Domínguez mezcla restos del capitalismo tardío con cosmologías indígenas, botánica, ritualidad y espiritualidad digital. Sus instalaciones funcionan como espacios de metabolización simbólica, donde las heridas coloniales y extractivas pueden ser transformadas en nuevas formas de relación entre lo humano y lo no humano.
Roberto Huarcaya, por su parte, permite que fuerzas no humanas —la luz, el agua, los insectos, la materia misma— irrumpan directamente en la imagen más allá del control de la cámara. En sus grandes fotogramas, la naturaleza no aparece como objeto representado, sino como agente que deja su propia huella. La imagen deja entonces de ser dominio técnico para convertirse en encuentro con algo que excede nuestra voluntad.
Lo que estos artistas comparten no es un estilo. Es una práctica de resistencia estética y perceptiva. Nos enseñan a ver allí donde el sistema solo quería funcionalidad. A sostener la extrañeza sin sofocarla enseguida con explicaciones rápidas.
Y acaso esa sea hoy una de las tareas más urgentes del arte. No competir con la máquina. No defender abstractamente lo humano. No caer en nostalgias fáciles. Sino proteger y cultivar aquello que todavía no puede ser automatizado sin una pérdida irreparable: La capacidad de demorarse. La capacidad de dudar. La capacidad de atención. La capacidad de asombro. La capacidad de transformar el dolor en experiencia. La capacidad de soñar. Porque quizá la trampa de la simulación no consista solo en que las máquinas se parezcan cada vez más a nosotros. Quizá consista, más peligrosamente, en que nosotros aceptemos parecernos cada vez más a ellas.
El desafío no es solo técnico, ni solo estético, sino ético, político y profundamente humano. Cómo seguir siendo sensibles en medio de tanta facilidad técnica. Cómo seguir pensando en medio de tanta respuesta inmediata. Cómo seguir creando en medio de tanta recombinación automática. Cómo seguir despiertos en medio de una realidad cada vez más soñada por máquinas.

«The Collapse of PAL» por Rosa Menkman





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