Compartimos el artículo escrito Roberto R. Aramayo, publicado por El Diario Vasco el 17 de setiembre de 2026.
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Cuando cayó el Muro de Berlín y se resquebrajó el Telón de Acero al desintegrarse la Unión Soviética, se habló del fin de la historia. El sistema capitalista norteamericano se había impuesto al socialismo real del régimen soviético y su hegemonía se presentaba como indiscutible. La economía neoliberal del capitalismo financiero podía hacer de su capa un sayo, al atribuírsele patente de corso. Las bancarrotas de entidades financieras devoradas por la codicia hacían temblar la bolsa, pero los erarios venían a su rescate con el dinero de nuestros impuestos. Tras repartirse unas exorbitantes ganancias entre unos pocos desaprensivos, las pérdidas teníamos que afrontarlas a escote. Los dividendos de préstamos hipotecarios que se sabían insolventes habían sido cuantiosos y la recesión se llevó por delante a esas clases medias que ya nadie recuerda, pese a haber sido el mejor fruto de los aportados por el ahora mítico Estado del Bienestar, único asidero estable de la democracia deliberativa.
Como de costumbre, Banksy lo ha clavado con esa estatua de un tipo que avanza con los ojos tapados por un velo y adelanta su pie hacia el vacío resultando mortal seguir por ese camino dando palos de ciego. Las nuevas generaciones no saben cómo protestar por verse socialmente marginadas, al tener que conformarse con una precaria supervivencia sin horizontes de futuro. La emergencia climática está haciendo inhabitable buena parte del planeta y las grandes urbes resultan cada vez más inhóspitas e inasequibles para quienes no nadan en la opulencia.
Se identifican chivos expiatorios cuya eliminación resolvería todos los problemas de un plumazo. Los inmigrantes irregulares aportan una mano de obra muy barata, pero su regulación se ve como un peligro denunciado por la conspiranoica ‘teoría del reemplazo’. Se tiende a recluirlos en campos de concentración, como hizo Hitler con los judíos antes de arbitrar la Solución Final, o hace Netanyahu con el pueblo palestino en Gaza.
Ya no se habla del Tercer Mundo, porque la miseria se propaga por doquier, incluidos países con excelentes indicadores macroeconómicos que no sirven para mejorar la vida cotidiana del común de los mortales. Este malestar originado por las crecientes desigualdades da lugar a extremismos políticos que se creían periclitados. Las alamedas de Allende se cierran al ganar las elecciones presidenciales un pinochetista. Milei aplica su arrolladora política económica con el beneplácito de muchos argentinos hartos del peronismo. Italia está presidida por una ferviente admiradora de Mussolini, en España se reivindica la figura de Franco presentándolo como el sensato militar que pacificó el país y en Alemania resurge con fuerza el neonazismo, sobre todo en aquellos lugares que fueron colonizados por el totalitarismo soviético y luego no se vieron verdaderamente integrados en la presunta reunificación. Además, el canciller germano está reconvirtiendo las fábricas de automóviles para producir armas y hacerse con el ejército convencional europeo mejor equipado, algo que su Constitución prohibía hasta hace nada. Su gesto evoca el de otras épocas malhadadas.
El zar de todas las Rusias, antiguo teniente coronel de la KGB, se ve incapaz de doblegar a una Ucrania presidida por un actor. Los extremistas del Gobierno israelí tampoco han acabado con Hamás, aunque sí han masacrado a buena parte de una indefensa población civil. Trump se presenta como gran pacificador, pero no cumple ninguna de sus promesas y fortalece al régimen de los ayatolás, que antes no controlaban el estrecho de Ormuz como han pasado a hacerlo. También secuestró a Maduro sin dejar de preservar al Gobierno chavista, cuyos detractores no saben ocultar su enorme decepción. Obsesionado con incrementar su patrimonio familiar, el inquilino de la Casa Blanca ha roto con sus aliados y fomenta con su proverbial torpeza que China se frote las manos al ver cómo queda el tablero geopolítico.
Europa dista mucho de tener una voz propia y su desunión es cada vez más patente. Ni siquiera ha logrado uniformizar servicios y prestaciones elementales que nos hicieran sentir europeos. Se demoniza la socialdemocracia y se coquetea con los neofascismos, como si la historia reciente no permitiera pronosticar el funesto desenlace de tal desatino sociopolítico. Se impone la ley del más fuerte con mofa de la justicia internacional y la corrupción suele salir airosa las pocas veces que se le hace rendir cuentas.
La colapsología tiene cada vez más tarea y se diría que nos aproximamos a un cambio de paradigma civilizatorio, máxime cuando la IA generativa desborda las previsiones de sus programadores y ellos mismos piden una moratoria para su desarrollo, algo que no sucederá por los intereses creados en torno a ese implacable tecnofeudalismo al que rendimos un patético vasallaje voluntario.
Deberíamos prestar atención a la escultura de Banksy, al arte y a la cultura. Recuperar las relaciones personales y cultivar la solidaridad que nos hizo progresar como especie, aparcando una despiadada competitividad que nos desnaturaliza y perjudica colectivamente. Por la senda que vamos nos aguarda el abismo de un colapso civilizatorio difícilmente reversible. Hay demasiadas alarmas activadas como para seguir ignorándolas. Apliquémonos a estudiar lo que quiere analizar la colapsología.
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