Compartimos la entrevista realizada por Emilia G. Morales al filósofo italiano Franco Bifo Berardi, la cual se publicó en Publico.es el 20 de diciembre de 2025.
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La macabra exhibición de poderío militar que el Estado de Israel ha llevado a cabo en la Franja de Gaza no es, para el filósofo Franco Berardi Bifo, una simple muestra de su fuerza, sino una prueba su declive. Este se inserta, a su vez, en la desintegración de Occidente. El pensador italiano cree que la esperanza que impulsó las corrientes revolucionarias del siglo pasado, en las que él mismo desarrolló gran parte de su militancia y pensamiento, no se reciclará en los años venideros. No parece un mensaje muy alentador.
Y, sin embargo, Bifo defiende en su ensayo Pensar después de Gaza (Tinta Limón, 2025) que solo cuando se tiene el valor de entender que «no habrá ningún retorno a la democracia, ni fin de la guerra, ni límite a la expansión de la deshumanidad», se podrá comenzar a instaurar «una visión no histórica, no política, donde sean posibles la amistad, la alegría y la cortesía».
Es mucho lo que propone asumir. Por ejemplo, que es la elaboración de los traumas del pasado lo que explica las tragedias actuales, que no hay política que pueda reparar lo irreparable o que debemos decretar el fin de la universidad de la razón, aquella sobre la que se cimentaron los grandes idearios de izquierdas del siglo pasado. Paradójicamente, la capacidad de los intelectuales judíos de pensar más allá de la nación, desde una «identidad nómade», fue una de las contribuciones fundamentales al desarrollo de este pensamiento. Hoy, el Estado de Israel parece haber engullido esta tradición.
¿Qué pierde la humanidad con la renuncia de muchos judíos a aquella cosmovisión supranacional? ¿Ni siquiera queda nada de aquello entre los judíos que desertan de la identidad israelí?
Como usted sabe, una parte muy amplia, no sé si mayoritaria, de la comunidad judía de la diáspora se opone con fuerza al genocidio. Innumerables intelectuales judíos han expresado posiciones muy claras sobre esta cuestión. Ha sido un historiador judío, Omer Bartov, el que ha confirmado el carácter genocida de la política del Estado de Israel. Ha sido un director judío, Jonathan Glazer, el que ha declarado que la película La zona de interés no habla solo del pasado. El autor de El fin de Israel es judío, Ilan Pappé. Durante las ocupaciones de los campos universitarios norteamericanos, la comunidad judía era la más representada entre los estudiantes.
La tradición judía ha sido traicionada por el Estado de Israel, pero sigue existiendo en la diáspora. Hasta en el Estado de Israel siguen existiendo voces de disidencia muy valientes, como Haaretz, la revista +972 y otras. Como ha afirmado el mismo Ilan Pappé, yo también estoy convencido de que el Estado de Israel se encuentra en una condición que prelude al colapso y la desintegración. La bifurcación entre el Estado de Israel y el Estado de los judíos puede desembocar en un proceso de conflicto abierto y de guerra civil. No creo que la absolución de Netanyahu pueda pasar sin una revuelta ética de una parte de la población israelí.
Entonces mi respuesta es: claro que queda mucho de aquella herencia. La desintegración de Israel es parte de un proceso más amplio de desintegración de Occidente en su conjunto. La catástrofe ucraniana también es un efecto de la desintegración de la Unión Europea. Yo creo que el siglo veintiuno estará marcado por esta desintegración, ya estamos viendo las señales. Esta desintegración conlleva una guerra inter-blanca, como por ejemplo la guerra entre Rusia y Ucrania.
Sin embargo, esta desintegración no significa que volveremos felizmente a la democracia o a la paz, porque los oligarcas mafiosos que han tomado el poder no van a renunciar a él sin utilizar todas las herramientas de las que disponen. Todas. Por lo tanto, me parece que la guerra inter-blanca, en la que la guerra ucraniana es el inicio, promete provocar el fin de la civilización humana.
Los Gobiernos de extrema derecha con idearios ultraliberales que proliferan en el mundo tienen como objetivo reducir el Estado al máximo. ¿Cuál puede ser el resultado de la combinación del relato ultranacionalista y esta reducción? ¿Podría haber, en la intersección de estas dos fuerzas, una posibilidad para volver a pensar desde el internacionalismo?
El nacional-liberalismo, la nueva forma del nacional-socialismo del siglo pasado, tiene como misión prioritaria la destrucción del Estado. Precisamente esta es la única diferencia entre el racismo blanco hitleriano y el racismo blanco trumpiano. El primero concibió la dictadura blanca como ejercicio totalitario del poder del Estado. La segunda concibe la dictadura blanca como ejercicio igualmente totalitario del poder del mercado y de la oligarquía plutócrata. Steve Bannon, la persona mas sincera entre los trumpistas, lo dejó claro cuando dijo: «Yo soy un leninista, porque como Lenin deseo la destrucción del Estado».
Mencius Moldbug, un importante teórico del dark enlightenment [ideología neorreaccionaria, también llamada ilustración oscura] que acompaña el nacional-liberalismo trumpista, es absolutamente explícito con este propósito. En su texto Patchwork: A Political System for the 21st Century, explica que la revolución contemporánea tiene que realizar una completa sustitución del Estado por un sistema operativo cuya lógica es la eliminación de todo aquello que no es eficiente en términos económicos. El genocidio es la estrategia implícita en la revolución trumpista. En este sentido el genocidio israelí no es, para nada, un fenómeno aislado.
Desafortunadamente, no veo las condiciones subjetivas (sociales, culturales, psíquicas), para la recuperación de un proyecto y de una práctica internacionalista. El internacionalismo no es una elección ideológica, es el efecto de la solidaridad entre trabajadores. La derrota de la democracia social se ha producido, en primer lugar, por la pérdida de la solidaridad debido, por un lado, a la migración, y, por el otro, a la precariedad. Precariedad y migración siguen siendo los fenómenos determinantes de la composición del trabajo. El racismo no es solo un discurso ideológico, es el efecto del miedo frente a la inmigración, del resentimiento frente a la bajada de los salarios atribuida a la competencia de los trabajadores migrantes. La impotencia que los trabajadores experimentan se traduce en agresividad nacionalista y racista.
En su ensayo establece una diferencia fundamental entre la ferocidad -supervivencia animal- y la crueldad -deseo humano de infligir dolor-. Más allá de Israel, ¿qué satisface la observación de esta crueldad en el resto del mundo? ¿Es contagiosa?
La ferocidad es el efecto del colapso de las instituciones y, sobre todo, de la cultura moderna de la mediación política, de la elaboración política del conflicto. Es un regreso a la naturaleza animal del ser humano. La crueldad es otra cosa, es una manifestación psíquica de un trauma que no se puede elaborar. Es una forma de perversión que tiene un carácter espectacular.
Me parece que la crueldad es extremadamente contagiosa. Un psicoanalista argentino, Yago Franco, ha escrito un libro muy interesante sobre la relación entre crueldad y consenso, llamado Todo lo que querías saber sobre las ultraderechas. En este libro explica la génesis del poder de Javier Milei, la relación entre locura y consenso. El carácter patológico del discurso de Milei funciona a nivel electoral porque genera un consenso que conecta con un deseo inconsciente pero mayoritario de venganza, de crueldad. Al mismo tiempo, Yago Franco explica que no sirve de mucho denunciar la locura de Milei para contrarrestar su poder. Al contrario, la locura es un factor atractivo. En este sentido podemos decir que la crueldad es un fenómeno contagioso.
Tenemos que analizar, a través de las herramientas conceptuales del psicoanálisis, de qué manera el trauma, la humillación y el sufrimiento generan el deseo de crueldad. Pero el problema no está en la locura de Milei o de Trump. El problema está en la adhesión masiva a esta locura. El problema es la psicosis de las masas. Para este problema me temo que la política no tiene solución.
Dice que comprender es desertar, que es necesario mirar al abismo que se ha abierto ante nosotros. ¿Cómo podemos hacer esto sin perdernos en el abismo? ¿Cómo no caer en la desolación inmovilista?
La deserción es un fenómeno diferente al de la resistencia, casi opuesto o alternativo. Desertamos cuando entendemos que la resistencia no puede resistir, que no podemos parar la violencia del poder. Al mismo tiempo soy consciente de que no siempre es posible la deserción. No podemos proponer la deserción a quien ha estado detenido en un campo de exterminio como Gaza. Cuando no podemos desertar lo único que podemos hacer es resistir. Esta alternativa se presenta hoy como consecuencia de la derrota de la democracia y del movimiento obrero. Desertar y resistir. Desertar o resistir.
Cuando hablo de deserción me refiero a varias formas de comportamiento que se difunden entre las nuevas generaciones. El mismo fenómeno de la depresión masiva, bajo mi punto de vista, es sobre todo deserción, rechazo a la socialización, rechazo a invertir energías en el futuro. Al final, el abandono de la procreación es deserción desde el futuro. El descenso de la natalidad es un fenómeno mucho mas importante y masivo de lo que se piensa. Algunos demógrafos prevén que en el siglo XXI se producirá una inversión del incremento que llevó la población terrestre de los dos a los ocho mil millones.
Tal vez la deserción desde el futuro, entendida como rechazo -consciente o inconsciente- a la procreación, producirá un efecto de auto-terminación del genero humano. El fenómeno del descenso de la natalidad es un fenómeno muy complejo influido por factores muy diferentes. Por un lado está el descenso de la fertilidad debida a factores ambientales, como la difusión de los micro plásticos. Del otro, la depresión masiva y la desexualización vinculada a la virtualización. Y al final, el rechazo -consciente o inconsciente- de crear víctimas del colapso climático y de la guerra inminente. Creo que estas serán las líneas en las que evolucionará el siglo XXI.
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